Es una sensación extraña. Como si reaccionara unos cuantos segundos tarde ante cualquier estímulo exterior. Como el chicle al que hay que convencer con la lengua para que se separe de los dientes, estos días de universidad tiran de mí y siento que me cuesta horrores responder. Las asignaturas me parecen, como mucho, la mitad de interesantes que las del año pasado y sólo la perspectiva de tener que trabajar como lo hice el último curso me cierra los párpados y me pega irremediablemente al sofá. Imagino que se me pasará en cuanto llevemos un par de semanas de clase, pero ahora mismo siento cómo mi cuerpo (defectuoso todavía) protesta cuando le obligo a levantarse cada mañana al ritmo del politono de la 20th Century Fox (lo sé, demasiado friki para ser cierto...). Todavía tengo que hacer las paces con mi pierna... y con el resto de mí. Parece que últimamente no estoy a gusto conmigo misma, no reconozco ( o no quiero reconocer) mi propio reflejo ante el espejo... Será cuestión de tiempo.
Atención amantes de todo tipo de relatos fantásticos y/o surrealistas: Os comunico que, definitivamente, la realidad se ha mostrado superior a la ficción. Y no lo digo sólo por decirlo (que podría, dado mi historial de experiencias surrealistas) sino porque ayer, en la página del 20 Minutos, leí una historia que terminó de confirmar mi teoría: En un convento de monjas clarisas en Italia tres hermanas dieron una paliza a la madre superiora "porque la vida dispersa de ésta les impedía concentrarse". Tal fue la paliza, que la monja tuvo que acudir al hospital para que le trataran diversas heridas. Pa' que vuelvas. Y nada de respetar al prójimo ni quererlo más que a uno mismo ni nada de eso. Me molesta, me la cargo. Y problema resuelto. El caso es que el arzobispado está intentando echar a las monjas del convento porque tiene intención de cerrarlo. Dos de las tres agresoras ya se han ido por su propia voluntad pero una tercera, que lleva ya 44 años en el convento, se niega a marcharse. La cosa está chunga, viene a decir el artículo, porque es imposible negociar con ella ya que se niega a romper su voto de silencio. Hay que joderse.
Aquí os dejo un pedacito de sueño, de una voz de negra en un cuerpo de blanca. Una muestra (extraordinaria) de la marea de personas que buscan algún día arañar la playa del éxito. Juzgad vosotros mismos. Yo sólo soy la mensajera.
María no llora en las pelis. Como diría Javi, es un dogma de fe. Pero siempre hay excepciones, y de vez en cuando alguna me hace llorar a moco tendido. Ejemplo de ello son Ice Age, La lengua de las mariposas y, desde hoy, aunque no sea una peli, el último capítulo de la primera temporada de Kyle XY.
Hasta hoy, no entendía por qué no lloraba con películas como Yo soy Sam o Moulin Rouge( por lo general pelis que la gente acompaña con un buen paquete de clínex). No es que no me emocione, pero nunca llego al punto de derramar la primera lágrima. Y hoy he descubierto el por qué. La clave está en las despedidas. Es lo único que me emociona. Me deprime, de hecho.
Me pasa también en mi vida diaria: no suelo llorar con frecuencia, pero como se acerque el momento de despedirse (hablo de grandes despedidas; de adioses, no de hasta luegos) se me humedecen los ojos sin poder evitarlo y derramo una lágrima tras otra hasta que me duele la cabeza... Así que será cuestión de empezar a ir al psicoanalista para que descubra si escondo algún trauma de infancia relacionado con las despedidas, porque no encuentro ninguna explicación racional. Y si eso no funciona, seguiremos con sesiones de hipnosis, espiritismo y danza del vientre. A ver qué pasa.
De vez en cuando la vida... nos besa en la boca (lo siento, todavía tardaré un tiempo en "desserratizarme") y nos regala historias buenas, tiernas, humanas, que nos recuerdan que el cine es, a parte de una industria poderosísima, un medio inigualable de difusión de sueños y metáforas. Ayer tocó noche de cine. Identity (por fin, tras varios intentos infructuosos de Jules) y Night on Earth o Noche en la Tierra. Identity es, claramente, una gran película. Sobre todo por su final sorprendente y por la gran calidad de sus actores. Pero Night on Earth es otra historia. En realidad son otras cinco historias que se suceden paralelamente en cinco sitios tan diferentes como Los Angeles, Nueva York, París, Roma o Helsinki. La película tiene ya sus años, pero no se le notan. Ahí radica, principalmente, la diferencia entre una buena peli y otra mediocre: la buena nunca se ve "pasada de moda". El caso es que, durante aproximadamente una hora y media, el director, acompañado por el maravilloso reparto que pone cara a unos personajes inolvidables, te transporta en taxi de una ciudad a otra, de un continente a otro, de un idioma a otro para demostrar, al final, que hablemos como hablemos y circulemos como circulemos, en el fondo somos todos personas que sufren, ríen, lloran y aman con distintas palabras pero con el mismo fondo. Sin duda, recomendable para todos los que han perdido la fe en la Humanidad y en la grandeza de las pequeñas historias.
I was thinking about... yesterday's unforgettable concert
Ha merecido la pena. La bronca de mi madre por querer ir a EL concierto el mismo día en que me quitaban la escayola, el dolor de la pierna mientras aguantaba en pie como una valiente durante dos horas y media, el frío posterior mientras buscábamos un taxi por las calles desiertas (y heladas) de Madrid y confundíamos las luces verdes de los semáforos con los pilotitos de "libre" de los taxis. Ha merecido la pena porque, si Serrat y Sabina ya son grandes por separado, juntos son insuperables.
Durante tres horas nos estuvieron deleitando con todas las grandes canciones de su repertorio (aunque, sorprendentemente, faltó "Pongamos que hablo de Madrid"). Las que cantaron solos: tremendas; las que cantaron juntos: brutales. Y el público dándolo todo, vibrando con estos dos pedazo de artistas que no dejaron de sonreír en toda la noche, mientras se comían el escenario.
Muy grandes, no se me ocurren mejores palabras para describirlos.
Son grandes porque se entregan. Grandes por sus voces y por sus letras. Grandes por sus sonrisas, por sus almas de artistas. Grandes por los versos que nos regalaban entre canción y canción. Grandes porque, a pesar de los años que han pasado, sus letras aún nos tocan la fibra sensible (lo bueno mejora con el tiempo) y nos hacen llorar, reír y cantar a voz en grito hasta quedarnos absoluta y felizmente afónicos.
Gracias, Serrat. Gracias, Sabina. Pero sobre todo, gracias Nano y Joaquín.
I was thinking about... the way we protect ourselves from getting hurt
Lo bueno que tienen los caparazones es que te permiten aislarte del mundo real y, además, protegerte del posible daño que cualquiera puede hacerte. Construimos caparazones automáticamente, es puro instinto de supervivencia, pero es importante saber cuándo ha llegado el momento de dejarnos de excusas y de atrevernos a vivir a pecho descubierto. Tiene sus riesgos, claro, pero la vida no es vida sin heridas ni cicatrices.